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Buenos vientos y buena nave, Américo

Américo Caronni nació en un cantón italiano de Suiza. Hoy cumpliría 100 años.
Por: Ricardo Caronni

Conozco a alguien que cumplió 100 años hace poco. Es un suizo, también francés, que vive solo –y muy bien– en una buena ciudad francesa al borde del mar. Repite algunas cosas, pero no más que otros muchos más jóvenes que él, que dicen cosas menos de la mitad de interesantes.
Américo Caronni, mi viejo, –como tantos– no llegó a ese bonus track, a esa yapa que la vida o el destino, por misteriosas razones, les regala excepcionalmente a algunos seres humanos. Pero se lo hubiera merecido. También, me apresuro a decirlo, tal como lo merecerían tantos otros. Porque, como cantaba Piero, era un buen tipo mi viejo. Lleno de entusiasmo y de buen humor. Y de capacidad conciliatoria, un bien del espíritu que nunca fue abundante a través de todas las épocas.
Tuvo un nombre predestinado, Américo, porque fue el primero de los seis hermanos que nació en Suiza, a principios del siglo pasado, cuando mis abuelos y sus hijos mayores ya habían vuelto de la Argentina después de largos años de trabajo, para comprar su casa en su pueblo natal, Mendrisio, en el cantón italiano de Suiza, a un paso del lago de Lugano.
Desde ese regreso, mis abuelos vivieron en Suiza durante más de 17 años –agárrense bien de la silla donde estén sentados– ¡de las rentas en pesos oro argentinos de las propiedades que habían adquirido en Rosario! Que contra todo lo que pueda imaginarse, no eran muchas.
Al fallecer su padre, es decir mi abuelo, de una pulmonía, –así se moría en aquellas épocas– parte de la familia volvió a la Argentina, a Rosario. El primero que viajó, en avanzada, fue mi viejo, Américo, para el cual la Argentina, la América, seguramente había sido solamente un relato de oídas, porque toda su vida de niño y de adolescente transcurrió en Mendrisio, Suiza. Su nombre, que había sido un homenaje de su padre al lugar que le había sido propicio para lograr un bienestar que quizás no hubiera podido lograr en su propia tierra, se tornaba en realidad bajo sus propios pies de muchacho.
Y Américo vuelve a América, a la Aryentina, como se lee en italiano, donde inicia su vida de trabajo, funda su familia, y desarrolla su creatividad en una empresa de cerámica que se diluye en la tristeza y el dolor por la muerte temprana de su hija, mi hermana, Stella Maris, que lo sumió en una dura crisis personal, junto a todos nosotros. A pesar de sus esfuerzos por superarla, nada fue igual para él –ni para nosotros– después de ese momento.
Antes, hacia 1940, fue, entre otros rosarinos, uno de los fundadores del Yacht Club Rosario. Esa curiosa pasión de la navegación a vela en un originario de uno de los pocos países de Europa que no tiene costas sobre el mar. País que, sin embargo, dio para Europa, –en dos siglos de competencias– al único vencedor europeo de la famosa Admiral’s Cup. ¡Cómo me hubiera gustado verle la expresión a mi viejo cuando Ernesto Bertarelli, ese suizo de adopción, capitán del Alinghi, recibió el histórico trofeo en una fenomenal fiesta que se hizo en Ginebra para esos días de hace unos pocos años! En compensación, fueron innumerables las regatas que Américo Caronni ganó estando en vida, y la colección de medallas y copas que acumulábamos en la casa ante la mirada tantas veces reprobatoria de mi querida madre que hubiera preferido otra clase de aportes para el hogar… Durante las temporadas del 60 al 70, un trío bien argentino, formado por el gallego Luis Martínez, el francés René Delannoy y el suizo Américo Caronni fueron casi imbatibles en todas las regatas de la clase grumete de Rosario. Quizás los tres, ahora que ninguno de ellos está más entre nosotros, estén de vuelta en equipo en alguna galaxia donde también se navegue a vela contra viento y marea.
También, buena parte de la Casa Suiza de hoy fue su obra como presidente de la Sociedad Filantrópica Suiza de Rosario que lo tuvo siempre entre sus sostenedores más entusiastas y representativos.
Américo Caronni, de quien se cumplen hoy, 25 de agosto, 100 años de su nacimiento, dejó de navegar por este mundo, a los 75 años, un 7 de diciembre de 1985. Esa cruel enfermedad, más la crueldad insensata de una intervención quirúrgica guiada por el lucro de algunos médicos locales –porque luego supimos que fue totalmente innecesaria– lo arrancaron de la vida, antes de la muerte que, con todo, ya le estaba anunciada por la naturaleza de su mal.
En vez de recordarlo y rendirle este sencillo homenaje en el aniversario del día de su fallecimiento, del cual este mismo año se van a cumplir los 25 años, preferí, en homenaje a su vitalidad, remitirme al día en que allá lejos y hace tiempo, tuvo sus primeras alegrías de niño y de joven. Para que a su vez, aquellos que alguna vez lo conocieron y compartieron su bonhomía y su generosidad, también lo recuerden con el humor oscilando entre la pena por su pérdida y los buenos momentos que en su vida nos hizo pasar a muchos de nosotros.
Adonde estés, y si es que nos es dado después de morir estar en algún lado, buenos vientos y buena nave, Américo, querido padre.

Fuente: El Ciudadano

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